(AVISO: Artículo antiguo. Lo dejo por cuestiones personales. Pero hay cosas que no comparto a día de hoy)
En este artículo quiero dejar definido lo que pienso sobre esos habitantes de nuestra mente que sin quererlos adquirimos. Es un pensamiento que me ha producido muchísimos disgustos y malentendidos por no tratarlos como el resto de personas que conozco.

Conocimiento

Lo primero que debo dejar claro es mi visión fundamental del alma o la mente. Sólo existe materia, no hay nada espiritual en nosotros. Los pensamientos son, grosso-modo, meras alucinaciones producidas en el cerebro, un cerebro alimentado con lo que consumimos. Todas las personas debemos comer de forma sana y sin excesos, porque si existe algún exceso llegan los trastornos físicos. Lo mismo pasa cuando ingerimos drogas como el alcohol o el cannabis, que nos hacen ver el mundo de otra manera. Con esto pretendo hacer ver de una forma rápida que lo que vemos y sentimos también son meras alucinaciones físicas.
Esta capacidad la tenemos por pura casualidad. Como ejemplo, un cierto número de neuronas nos vienen preparadas para hacer caso exclusivamente a los instintos, tanto a animales como humanos. En el caso de los animales la capacidad de darles un uso diferente al instintivo está mermada. Sin embargo, en el ser humano esta capacidad la podemos desarrollar, usando nuestras neuronas para pensar o razonar.
En el caso de la visión, si nuestro cerebro logra captar imágenes es porque los ojos reciben millones de impactos de fotones, se resienten y envían esa información a la cabeza, donde por reacciones químicas se interpretan de una determinada manera. El el caso de la audición pasa lo mismo, así como con el resto de los sentidos.
Estaréis pensando que todo eso lo ya tienen los animales, si, pero no la memoria y la capacidad de razonamiento.
La memoria se trata simplemente de otra reacción química, se crea un bucle entre las neuronas reteniendo lo vivido hasta la muerte, esto es, cuando a uno le deja de funcionar el cuerpo y deja de recibir alimento.
El razonamiento es una exitosa conexión entre la información que se recibe del mundo exterior a través de los sentidos con lo que vague en ese momento por las neuronas. Si todo coincide y se producen las reacciones necesarias se pueden crear pensamientos más complejos e incluso expresarlo a otras personas con el lenguaje aprendido.
Ahora, tras explicar de forma breve mi teoría, puedo decir que los sentimientos son agrupaciones de razonamientos para un determinado objetivo, ya sea amor, odio o alegría.

El craso error de las personas cuando padecen un sentimiento (el que quieras), es el hecho de tratarlo según la norma “Carpe Diem”. El perdido valor de la trascendencia parece no resurgir del todo en nuestra cultura, sólo por la triste razón del estado sumergido en que se encuentra la sociedad en un estrés constante.
Tenemos unas vidas predestinadas a seguir un patrón, siempre que no hagas algo por evitarlo. La gente no se para ni diez minutos sobre lo que es y no es importante, y por consiguiente trascendente en su vida.
Cuando se siente algo de manera fuerte hay que intentar profundizarlo y volverse sobre sí mismo, pararse a pensar si lo mejor es dejarlo correr libre o por el contrario merece la pena responsabilizarnos, esto es, conservarlo para siempre. Para ello debemos pensar en cuánto bueno nos aporta, cuánto somos capaces de apostar, y de cuánta madurez poseemos para tal responsabilidad.
A todo ser humano nos ha invadido alguna vez el deseo de hacer algo, casi instintivamente, ahí es donde debemos atacar trascendiendolo si procede.