La crisis no es algo nuevo, por lo menos hablando de valores. En una era en la que la trascendencia de los hechos no inunda las mentes de esta sociedad tan aletargada, en una era en la que el delicioso arte de discutir es evitado por el “qué dirán”, pedir perdón se ha convertido en el arma perfecta para todo aquel que no quiere cumplir con una obligación o con una promesa.

Pongamos que hemos recibido una invitación a una cita, una cita que nos agobia, nos irrita y a la que no asistiremos, en vez de ingeniar una gloriosa excusa con argumentaciones dignas de encuadernación para decir que no, simplemente aceptaremos el ofrecimiento y no iremos. Total, ya pediremos disculpas después al no haber asistido. ¿Cómo van a enfadarse con alguien que ha sido tan infeliz de pedir disculpas? Desde pequeños se nos enseña que aceptar disculpas es bueno, la sociedad les condenaría a ser “ese rencoroso que no perdona”. Y ya está, hemos quedado bien al aceptar la invitación, además de quedar de humildes al pedir disculpas por “no poder” asistir. Pedir perdón exime de toda responsabilidad y justificación por parte del malhechor.

Pedir perdón permite hacer cualquier gamberrada posible con la seguridad de que, por pedirlo, todas tus malas acciones se verán recompensadas por ser tan humilde.

Eres tonto, ¡vaya!, ¡perdón!