Hoy se ha emitido en Radio 4EB (98.1 FM Brisbane) un episodio de Música para el Recuerdo, presentado por Cris Alonso, dedicado a los años en que empezaron a verse los primeros ordenadores personales. José condujo la charla con Pep Luis de Casfrare, conectado desde Mallorca, y conmigo. Puedes escuchar el programa completo arriba.
Dos generaciones frente a una pantalla verde
Empezamos, como no podía ser de otra manera, por los años 80. Pep Luis estudiaba informática cuando los ordenadores de verdad eran mainframes compartidos: colas de toda la noche para lanzar un algoritmo que acababa abortado o con un syntax error. Su primer contacto con lo «personal» llegó cuando un amigo —o, más bien, los padres de un amigo— se compraron un IBM de los primerísimos: un millón de pesetas, el precio de dos Fiat 127. Pantalla verde, del tamaño de un móvil actual, y dos universitarios mirándola con la concentración de quien vigila una lavadora.
Yo, nacido en el 88, llegué por otro camino. Un amigo de la familia tenía racks y servidores —de los primeros en hacer software para la declaración de la renta en España— y por ahí accedí a mi primer Linux. Pero el ordenador que de verdad me marcó fue un ZX Spectrum 128: a los cinco o seis años, mientras aprendía cursiva en el colegio, copiaba los ejercicios del manual de BASIC y los ejecutaba sin entender demasiado qué hacían. José se rió: en lugar de cartillas de caligrafía, programación. Tiene razón en que eso explica mi letra.
El anuncio de 1984 y la distopía que llevamos en el bolsillo
El hilo conductor del programa fue el famoso anuncio de Apple de 1984: la mujer con el martillo contra IBM, la promesa de que ese año no sería como la novela de Orwell. Cuarenta años después la ironía es evidente. IBM sigue existiendo, pero en otro segmento; el mercado doméstico lo arrasaron Apple y Microsoft. Y la misma Apple que vendía libertad acabó construyendo un ecosistema cerrado donde, si no estás en la App Store, prácticamente no existes.
El giro más inquietante no es el del libro —hay diferencias— sino quién ejerce el control hoy. Pep Luis lo planteó con claridad: parece que son las empresas, no los gobiernos, quienes marcan las reglas de cómo nos comportamos online. El control es sutil, casi voluntario: nos hacen hacer cosas que no sabemos, y a veces ni queremos. La computación dejó de estar en el ordenador de sobremesa y pasó a internet, al móvil, a la aldea más remota de la India donde alguien carga la batería con la moto del vecino para tener su dosis de conexión. Los principios de 1984 no llegaron de golpe; se fueron sembrando.
Ley de Moore y felicidad en megabytes
En la segunda parte entró la ley de Moore: duplicar potencia y reducir precio cada año, una curva exponencial que en otras tecnologías no se repite. Pep Luis contó una anécdota perfecta de la época: un verano limpiando redes en el puerto de Sóller para ahorrar y comprar una ampliación de 16 MB de RAM —dieciséis veces más que su ZX de un megabyte—. Los pescadores no lo entendían: «¿Para qué tanto ahorro?» Para él, más que fiesta o moto, la felicidad eran esos 16 megas. Esa multiplicación sigue, ahora hacia chips volumétricos y, más adelante, lo cuántico.
¿Habría existido el PC de casa?
José planteó una pregunta que me pareció la más interesante del programa: si Apple no hubiera empujado la idea del ordenador en el salón —como el televisor o la radio—, ¿viviríamos hoy con terminales conectadas a un gran mainframe, solo para trabajar?
Mi respuesta fue que quizá el PC de sobremesa no hubiera triunfado tanto, pero los dispositivos pequeños y específicos sí: calculadoras, agendas, cosas en la palma de la mano que acabarían convergiendo en el smartphone. Pep Luis añadió que incluso los visionarios que hablaban de ordenadores de 100 dólares para África se quedaron cortos. Lo imprevisible no fue el horizonte —el control orwelliano era casi obvio— sino el camino: que esos «trastos de tíos con gafas» sirvieran para algo más que programar.
Internet sin cifrado y el niño que creció demasiado rápido
La conversación derivó hacia si internet y los PCs se podrían haber diseñado mejor desde el principio. Yo conté algo que hice de adolescente con amigos en la misma wifi: interceptar un WhatsApp en tránsito y cambiar el mensaje antes de que llegara al móvil. Impresionante para enseñar, preocupante en el fondo. Muchos problemas actuales se habrían mitigado con más cifrado desde el inicio, aunque entonces la CPU no daba para todo y nadie imaginaba el abuso a escala masiva.
Pep Luis usó una metáfora que me gustó: la informática personal era un niño inocente al que se le pegaba de todo —virus, estafas, el señor del caramelo—. Hoy pasa lo mismo con la identidad digital: nuestro dinero, nuestros activos, todo en un honeypot en el bolsillo. En el bolsillo tenemos no solo a quien nos controla, sino a quien nos puede joder.
El economista del tren y el optimismo de 1985
José recuperó una anécdota de 1985: un vagón de tren nocturno con un alemán que viajaba vendiendo COBOL —imagínate eso hoy, sin email—, un tejano, un francés y un griego economista. José, optimista, decía que la tecnología nos daría más tiempo libre: trabajo y hobby. El griego fue el único que discreparía: «No cuentas con el sistema capitalista.» Cuarenta años después, José le da la razón. No trabajamos menos; consumimos más. Y encima se han creado montones de empleos cuya utilidad es discutible.
¿Más calidad de vida o más pantalla?
Sobre si los ordenadores mejoraron la vida, coincidimos en los matices. Menos trabajo físico, sí; más cómodo, también. Pero no menos horas. Pep Luis habló de la «joroba digital» —la nuca hacia abajo— como la nueva patología del siglo. Yo aporté lo que veo en mi sector desde 2022: la IA me permitía terminar antes que mis compañeros y ganar ratos libres. Ahora todo el mundo la usa, los sprints van más rápido y esos ratos han desaparecido. La tecnología multiplica el trabajo, no lo reduce.
José señaló el fenómeno de las reuniones infinitas y los puestos que se autocrean. Yo, en cambio, veo lo contrario en los últimos años: desaparecen capas intermedias de managers cuya única función era rellenar tickets a mano. Con la IA, el que está abajo puede escribir sus propias tareas, criterios de aceptación y orden de ejecución. Pep Luis cerró con el ejemplo extremo: un magnate que despidió a su secretaria de 24/7 tras descubrir que podía gestionar su imperio solo con el móvil. Todos hacemos ahora tareas de secretariado que antes delegábamos.
¿Y ahora qué trabajos quedan?
La pregunta final fue inevitable. Pep Luis apostó por servicios con contacto humano real —coaching, excursiones, deporte, turismo— y por la formación: talento, carácter, gestión de negocios donde personas y agentes inteligentes convivan. Al cerrar, confesó su propio papel en el cambio: años ayudando a doctorandos y asistentes, y ahora haciendo lo mismo con inteligencia artificial. «Me declaro culpable», dijo. No sé si es culpa o evolución; probablemente las dos cosas.
Fue una hora de radio que empezó con música de los 80, anuncios de Apple y terminó con una canción generada por IA. Cuarenta años de ordenadores personales en una tarde. Si te perdiste el directo, arriba tienes el audio completo.