Llevo tres años dándole caña a la programación con IA. Empecé con GitHub Copilot en su beta, cuando todavía era un bicho raro que te sugería cosas a medio gas. Luego pasé al JetBrains AI Assistant desde su primera semana (parecía magia pura, qué tiempos). Y ahora, con Cursor optimizado hasta las cejas, siento que he cruzado una línea: el código evoluciona tan rápido que a veces mi cabeza no sigue el ritmo. ¿Solución? Dejarlo en barbecho, como de un campo gallego esperando la cosecha se tratase.
No exagero. En un día de trabajo con Cursor puedo avanzar lo que antes me llevaría unas dos o tres semanas. Pensar, ingeniar, programar, entender… todo eso que solía ser un proceso lento y lleno de café ahora es un sprint brutal. Pero ojo, que no es oro todo lo que brilla. Cuando el codebase empieza a crecer como una enredadera mutante, llega un punto en que me miro al espejo y pienso: “Alberto, ¿qué demonios está pasando aquí?”. Es como si la IA me llevara de la mano a una velocidad supersónica, pero mi cerebro sigue en modo bicicleta.
Bajando el ritmo
Así que he desarrollado un sistema. Cuando estoy en un proyecto grande, lo trabajo a fondo uno o dos días seguidos. Tras los prompts con el agente cambio cosillas, refactorizo aquí y allá… vaya, me empapo del caos que la IA y yo hemos creado juntos. Y cuando siento que ya tengo el gist de lo que pasa, lo dejo. Sí, lo abandono unos días. No porque sea un vago (que a veces sí), sino porque necesito que ese progreso madure en mi cabeza. Es como dejar reposar una masa de pan: si la tocas demasiado pronto, se te desmorona.
Mientras el proyecto está en barbecho, me pongo con otras tareas, avanzo algún otro proyecto o simplemente me pongo a jugar con mis cacharros. Y aquí viene lo bueno: cuando vuelvo, no solo entiendo mejor lo que dejé, sino que se me ocurren mejores prompts para seguir dándole caña a la IA. Creo que es una simbiosis flipante.
La máquina me empuja, yo le doy dirección, y entre los dos hacemos cosas que hace tres años habrían sonado a ciencia ficción.
¿Productividad?, ¿locura controlada?
¡Ambas! No voy a mentir, a veces me da vértigo. ¿Y si la IA me lleva tan lejos que acabo perdido en mi propio código? Zaratustra no quería cadáveres en el camino, sino compañeros de viaje. Y yo no quiero ser el cadaver mientras la IA camina.
La clave está en no dejar que la herramienta tome el volante del todo. Por eso esas pausas son sagradas. Me dan perspectiva, me ayudan a evitar meterme en callejones sin salida y, sobre todo, me devuelven el control. Porque sí, la IA es una bestia, pero yo soy el que debería ponerle las riendas.
Esto de programar con IA no es solo una cuestión de productividad. Es un cambio de mentalidad. Es aceptar que el código puede crecer más rápido que tú, pero que eso no tiene por qué asustarte. Al contrario, es una excusa para ser más listo, más creativo, más estratégico. Y si de paso me ahorro unas semanas de curro y un par de cafés, pues oye, bendita sea la tecnología.
Porque al final, no se trata de que la máquina haga todo por mí, sino de que juntos hagamos cosas que ni yo solo habría soñado.