Míralo, ¡qué majete parece!

Hace unos días que se conmemoró el primer aniversario del pontificado de Jorge Mario Bergoglio, conocido como Papa Francisco. Fuimos espectadores de una considerable producción informativa en torno a aquella pequeña efeméride: reportajes, tertulias, libros, especiales, entrevistas… Y el elemento común del análisis periodístico ha sido la valoración positiva y el “cambio” que ha supuesto para la la Iglesia la llegada del obispo argentino. Los elogios no llegan sólo de los sectores conservadores en sintonía con la institución eclesiástica sino que también provienen de sectores menos complacientes con el catolicismo. Pero, ¿de verdad es para tanto?. ¿El cambio es tan profundo y notable que ya se puede hablar de apertura y de modernidad en la organización religiosa más poderosa e influyente del mundo? No y no.

Sin embargo, a Bergoglio se le debe reconocer la capacidad de crear titulares catalizadores de las expectativas de cambio que muchos creyentes ya reclamaban en el seno de la Iglesia. Nos encontramos ante un personaje que ha entendido muy bien lo que significa la comunicación en el primer tercio del siglo XXI, es el primer Papa de la ‘Era Twitter’. “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgar?”. Es la frase que ha hecho más famosa y que más se ha difundido en su primer año de mandato. Tiene 89 caracteres, por cierto. Pero la declaración no se acababa aquí, seguía así: “El problema no es tener esta tendencia, no, el problema es hacer lobby con esta tendencia”. Es decir, se puede ser gay pero sin hacer ostentación y sin reivindicar la igualdad de derechos.

Francisco ha dejado más frases y más gestos para las recopilaciones de su primer año. Ha utilizado un lenguaje cercano y amable, se ha mostrado sencillo y humilde y le ha dibujado una cara más simpática a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Esto se debe poner en su haber. Pero si nos apartamos de las declaraciones y observamos las decisiones veremos que nada ha cambiado. Ninguna revisión de la doctrina, ninguna encíclica que muestre una evolución en las enseñanzas morales. Nada de nada. Los más devotos dirán que todavía no ha tenido tiempo, que no ha podido, que ya lo hará. Desde mi ateísmo deseo que tengan razón, pero, como el apóstol Tomás, permitidme que lo dude.

Nos encontramos ante la misma institución inmutable e inalterable que hace unos 2014 años dicen que fundó Jesús afirmando: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Si damos veracidad a esta historia y al conjunto de los textos bíblicos (que es mucho dar pero este no es el tema del post) veremos que desde entonces la Iglesia Católica no ha sido otra cosa que una extraordinaria escuela de marketing, amante de su poder, que defiende sin importarle el dónde y el cómo. Ahora se trata de presentarse como un @Pontifex moderno, pastor de su tiempo. Pero cuando se trata de poner en cintura a los pederastas o eliminar los negocios de la turbia Banca Vaticana, se aplica aquello tan católico y tan de estos días como es la bula papal. Que una cosa es predicar y otra dar trigo.

Texto original, en catalán, de Albert Torres