¿Es un escéptico un obstinado o stubborn?

¿Escéptico de mente cerrada?

Si te consideras escéptico te habrá pasado. Seguro que te han llamado obstinado, stubborn o se han quejado de lo cerrada que es tu mente al discutir.

esceptico o stubborn

Digo yo, ¿no son los escépticos precisamente los que más rápido aceptan los cambios?

Me explico. Como escéptico me considero una persona que, a nada que me muestren pruebas de que algo es diferente a cómo pensaba que era, cambia de parecer rápidamente y rechaza pasadas creencias en pos de un conocimiento más certeroRectificar es de sabios, dicen. No me considero tonto cuando alguien me demuestra que no tengo razón. Todos ignoramos algo. Al contrario, celebro la adquisición de nuevo y mejorado conocimiento y felicito a quien así me lo hace ver.

Dicho rápido, sí, tengo la mente cerrada. Cerrada a tonterías sin bases. Y abierta a lo demostrable.

 

esceptico

 

Son ellos los de mente cerrada

Al contrario, creo que todos los que se enfadan cuando les demuestras que no tenían razón en algo, son los obstinados, los de mente cerrada, los stubborns. Ellos son los que, por muchas pruebas que les muestres, se encabezonarán con que su opinión es válida, que les respetes. Y sí, yo les respeto, no así a sus ideas, y es por eso que las confronto. Probablemente es por esto último por lo que ellos piensan que somos nosotros los de mente cerrada, puesto que nunca aceptaremos sus chifladuras sin una sólida evidencia. Y “fíate“, “a mí me funciona” o “siempre lo he hecho asíno son razones válidas para mí.

 

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Además, como norma general, los escépticos (al soler tener unos conocimientos generales más amplios, y no sólo en ciencia) suelen ser capaces de mantener debates lógicos con una mejor argumentación, algo que por desgracia no es común en la población, pero c’est la vie.

 

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¡Las matemáticas te ayudan!

 

A menudo me encuentro con personas que me acusan de cambiar el tema de la discusión, cuando lo que hago es básicamente puntualizar los errores argumentales en cuanto aparecen.

Si discutiendo conmigo cometes un error argumental, intentaré primero solucionar o clarificar la falacia, puesto que por el mero hecho de existir, invalida potencialmente cualquier cosa dicha en la conversación.

Esto es, si introduces una falacia en la discusión, no soy yo el que añade elementos extras, eres tú.

 

Por qué escribo esto

Digamos que estoy cansado de repetir lo mismo cienes y cienes de veces. Por lo que, si lo dejo escrito aquí, o bien evito que me lo pregunten otra vez, o simplemente envío el enlace y me evito escribir.

 


El traje nuevo del emperador

Este, junto al “Aún aprendo” de Goya y otros, es uno de mis referentes intelectuales en cuanto a cómo afrontar la vida. No siendo fan de los libros de autoayuda, me gusta recostarme al abrigo de las ideas que ciertas obras evocan, es mi modo de autoayudarme, pues.

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«¡Pero si va desnudo!»

Sinopsis de ‘El traje nuevo del emperador’

Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día contrató a dos que decían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar, pero que era invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, esto era mentira. Ninguno de sus hombres de confianza admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino. Al salir a la calle, toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo:

«¡Pero si va desnudo!»

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo oyó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

Es como el manual del perfecto escéptico pero muy resumido. Este cuento fue publicado por Hans Christian Andersen en Abril de 1837. Andersen se basó en la traducción al alemán del exemplo XXXII de “El Conde Lucanor“, escrito originalmente por Don Juan Manuel entre los años 1330 y 1335.

Don Juan Manuel

Don Juan Manuel

El texto es algo complicado de leer, puesto que está escrito en español medieval, pero se entiende. En el cuento original, al rey le engañan unos tejedores que dicen hacer un traje invisible para cualquier hombre que no sea hijo de su presunto padre.

 


The myth of water intake per day

The health myth that just won’t go away

 

Yes, is just a myth. No, there’s no scientific evidence that we need to drink 8 glasses of water per day. Like E. Carroll says, “Most of this quantity is contained in prepared foods.. Water is present in fruits and vegetables. It’s in juice, it’s in beer, it’s even in tea and coffee“.

 

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Extract from a meta-analysis

 

And for non-believers: Just check the meta-analysis published in the Australian Institute of Health and Welfare publication on June 2012, where they state the above paragraph.


Aun Aprendo, de Francisco Goya

Aun aprendo (Álbum G, 54)

Aun aprendo (Álbum G, 54)

“La obra de Goya, desplegada a lo largo de un extenso periodo de tiempo, conforma un conjunto de extraordinaria coherencia conceptual. Su evolución artística desde los cartones para tapices pintados en Madrid hasta los últimos dibujos realizados en Burdeos, muestra el desarrollo de un pensamiento estrechamente vinculado a las corrientes contemporáneas y marcado por una singular personalidad. Así, a la vez que absorbía las ideas que circulaban a su alrededor, y que conformaban el acervo cultural de su época, fue capaz de dar pasos de enorme trascendencia en el modo de concebir el arte y de expresar sus propios planteamientos en los más variados ámbitos artísticos: decoraciones palaciegas, cuadros de gabinete, retratos individuales o de grupo, escenas de género, pinturas de historia, estampas destinadas a difundir su visión del mundo o en dibujos hechos para sí mismo. Goya fue dejando en todas sus obras el rastro de su modo de pensar y una visión del mundo que, lejos de anclarse, continuó avanzando en el transcurso de los años, de modo que, pese a la existencia de unos elementos constantes en su producción, es posible advertir una evolución que abría nuevas vías de expresión, incluso en los momentos finales de su vida, pese a la vejez y la enfermedad, circunstancias que en la mayoría de las personas, como fue por ejemplo el caso de su amigo Moratín (fig. 3), habrían conllevado el abatimiento y el fin de la actividad creativa.

Y quizá sea este dibujo del Álbum de Burdeos titulado Aun aprendo, el que mejor sintetiza este espíritu del autor en esos postreros años de su vida, en perfecta consonancia con lo expresado en la carta a Ferrer de 1825 (cat. n.º 96). De hecho, este dibujo se ha convertido en una referencia recurrente en la historiografía de Goya, que ha querido ver en él un autorretrato simbólico en el que se expresa la voluntad inquebrantable de desarrollo personal que le llevó a continuar materializando sus nuevas ocurrencias en variados soportes.

Si en ocasiones anteriores los viejos que aparecían en sus obras mostraban una visión negativa del paso del tiempo, en este dibujo se puede apreciar un significativo cambio de perspectiva, subrayado por el elocuente título de raíz clásica, acorde con el optimismo recobrado en Burdeos por Goya. Sin embargo, Laurent Matheron, en su romántica biografía del pintor publicada en 1858, recoge una anécdota que induce a considerar este dibujo, como ocurre con el resto de su producción, desde una óptica más melancólica. Narraba Matheron que, a poco de llegar el pintor a Burdeos, «le fue ya imposible salir sin la ayuda de su joven compatriota Brugada. Apoyándose en su brazo y por los sitios menos frecuentados probaba a marchar solo, pero eran inútiles sus esfuerzos; las piernas no le sostenían. Entonces exclamaba montando en cólera: –¡Qué humillación! ¡A los ochenta años me pasean como a un niño; es necesario que aprenda a andar!».

En este dibujo Goya recurre a elementos presentes en la tradición iconográfica desde la Edad Media. En las escalas de la vida del hombre, era habitual mostrar a los viejos encorvados, apoyados en bastones, con la cabeza agachada, de forma similar a como Goya pintó en 1792 al viejo del cartón de La boda (Museo del Prado, P-799). Frente a este tipo desvalido, también se sirvió del arquetipo contrario, aquel en el que la vejez que devora toda idea de progreso se sintetiza en Saturno, representado como un furioso viejo de largos y encrespados cabellos blancos y cruel mirada, que devora los jóvenes cuerpos de sus hijos (Museo el Prado, D-3941).

Buena parte de las interpretaciones del dibujo que aquí comentamos vienen condicionadas por los referentes visuales que Goya pudo haber utilizado. Según estos planteamientos, Goya habría sido un artista de extraordinaria cultura visual y literaria, conocedor de los clásicos latinos a través de las traducciones y de las fuentes emblemáticas del Renacimiento presentes en numerosos libros y estampas, que le habrían servido de punto de partida para elaborar este dibujo. El título «todavía aprendo» tiene su origen en la sentencia utilizada por Platón y Plutarco: anchora imparo; mientras que la imagen de un viejo apoyado en dos bastones se ha relacionado con la estampa también llamada Anchora imparo grabada en 1536 por Girolamo Fagiuoli, en la que se representa a un anciano en el andador de un niño (fig. 84). En la primera mitad del siglo xvi era un lugar común representar a Cronos como a un anciano barbado, provisto de una túnica y apoyado en dos bastones con los que camina trabajosamente, tal y como aparece en una estampa (Londres, British Museum, 1875,0711.26) de Marcantonio Raimondi (h. 1470/82-1527/34). Más cercana en el tiempo está la estampa de William Blake (1757-1827) que ilustraba el libro de Henry Fuseli Lectures on Painting (fig. 85), que Goya pudo conocer, y con la que Aun aprendo presenta ciertas similitudes formales. En ella se muestra a «M. Angelo Bonarotti» apoyado en un bastón, mirando penetrantemente al espectador, ante un fondo oscuro en el que se vislumbra el Coliseo de Roma. El lema de esta estampa es asimismo «Ancora imparo», también aplicado al polifacético artista del Renacimiento en su biografía. Es evidente que ninguno de los modelos propuestos coincide exactamente con el dibujo de Goya, y sin embargo en todos ellos es posible advertir elementos presentes en este. Estas relaciones en cualquier caso permiten comprender la complejidad del proceso de elaboración de la obra de Goya y su capacidad de transformar y hacer suyos los modelos precedentes mediante una profunda reelaboración personal.

En el dibujo Goya nos expresa en primer lugar la soledad del hombre en el tránsito de la vida, pero también el camino de la oscuridad hacia la luz, soberbiamente representada la primera con intensos trazos de lápiz litográfico sutilmente matizados con unas leves líneas oblicuas del rascador, apenas perceptibles, mientras que la luz se muestra con la propia blancura del papel. El inestable paso adelante, solo posibilitado por el sustento que le aportan los dos bastones que sujeta con unas manos cuya cuidadosa representación permite apreciar la inflamación de las articulaciones producida por la artrosis, ayuda a expresar la fragilidad del anciano que necesita, como la estampa de Fagiuoli había mostrado, aprender de nuevo a caminar pese a la edad, del mismo modo que el niño ha de hacerlo en su infancia. El venerable rostro, circunscrito en una cabellera y una barba encrespadas y abundantes, muestra una mirada que, como en tantas obras de Goya, alberga el sentido final del dibujo. Los ojos cansados dejan entrever unas pupilas que, lejos de mirar al frente, lo hacen hacia un lado de modo melancólico. Se produce así una tensión entre el rumbo de sus pasos y su mirada lateral que, si queremos comprender el dibujo en clave de autorrepresentación, expresaría esa misma tensión descrita por Goya en la carta a Ferrer entre las carencias de la vejez y la voluntad de continuar avanzando.”

J.M. Matilla, “Aun aprendo”, en J. M. Matilla, M. B. Mena Marqués (dir.), Goya: Luces y Sombras, Barcelona: Fundación “la Caixa”, Barcelona: Obra Social “la Caixa”-Madrid: Museo Nacional del Prado, 2012, p. 314-317, n. 95

Texto extraído del Museo del Prado.